Cine

El artista y la modelo

El arte y la vida son dos líneas paralelas condenadas a contemplarse y no entenderse más que en pequeños instantes de belleza absoluta. Y esa magia, tal vez pudo ocurrir en el taller de un viejo escultor, en un lugar de la Francia ocupada, en la calidez de una joven refugiada convertida en modelo y en la inspiración de un bosque lleno de vida que acompañará al artista en su última obra.

El artista y la modelo

Fernando Trueba dirige una historia tan sólida como hermosa con un reparto de lujo: Jean Rochefort encarna a Marc Cros, el artista. Una espléndida Claudia Cardinale es Léa, la esposa que recoge de la calle a una joven española para que inspire su trabajo. Y la exultante Aida Folch es Mercè, la musa, la modelo, la hermosa, sencilla y luminosa refugiada, que acompaña a los maquis por los caminos del monte y se araña con las zarzas de la vida y se desnuda, estática como la muerte, para que el escultor la convierta en arte.

fotograma de El artista y la modelo

Lo que más me hipnotiza de El artista y la modelo es su habilidad para manejar el efecto seductor de la belleza. Convierte al espectador en auténtico Voyeur que se recrea con la pasividad del cuerpo convertido en objeto y consigue que sea una transformación cómoda y placentera, a pesar de que la reflexión subyacente, la del arte como aniquilador de la vida al cristalizar el instante vivido en objeto, sea de lo más inquietante.

En un momento de la película Marc Cros dice “la perfección todo lo mata” y por esa lúcida afirmación habrá que pasar por alto la extrema fascinación erótica de la vejez hacia la juventud y de la masculinidad activa en contraposición a la pasividad femenina, que hace que los espectadores nos sintamos un poco “viejos verdes”. Mejor dejarse llevar por la magia de la imperfección y por el revoloteo etéreo de las musas.

Fernando Trueba ha ganado La Concha de Plata al mejor director por El artista y la modelo.

© Imagen: Alta Classics